El Triangulo
Vivir en el Triangulo de Bernal es casi como vivir en el Triangulo de las Bermudas, nadie sabe muy bien que pasa ahí y ese sector queda en un limbo del que nadie se hace cargo, para quienes no lo conocen esta ubicado en el limite entre Avellaneda y Quilmes, en los papeles ese lugar bien conocido por un mate tan simbólico y representativo del barrio (aunque nadie sepa muy bien porque esta ni porque lo mueven a cada rato de un lugar al otro), corresponde al partido de Quilmes sin embargo, en los hechos se patean ese triangulito de un municipio a otro y a fin de cuentas nadie mete el gol, por eso en cualquier momento vamos a poder llegar directo a China desde el cráter que hay, desde que tengo registro, en la esquina de Luis Maria Campos y Chubut, tanto hace que esta que ya nos encariñamos con él, seria extraño pasar un día por allí y que no este, aunque hay varias cosas que ya no están y cuando camino por las calles algo de nostalgia me genera, algunas casas cambiaron, algunos baldíos son duplex, pero lo mas extraño es saberme la ultima generación que disfruto esas veredas. Hace quince años si de imprevisto te encontrabas adentrándote en sus calles una tarde de verano ibas a tener que bajar la velocidad hasta que al menos los diez pibis que cortábamos la calle para jugar al voley terminemos la jugada, o tal vez en alguna ocasión terminases empapadx por el baldazo de agua que nos tiraba algún vecinx cuando era carnaval, eso era lo grandioso, nadie quedaba afuera del juego, habia dias que manejábamos un rango etario de 8 a 50 años, eramos una banda que copaba el barrio, si estábamos todxs eramos mas de veinte donde la risa sobraba.
Lo lindo de vivir en el Triangulo es que todxs nos conocían entonces nadie en particular debía cuidarnos eramos una gran red y cada vecinx sabia quienes eramos, en esa época aun las personas salían a tomar mate a la vereda y la diversión terminaba cuando se empezaban a escuchar los gritos de ¡A COMEEEER! ¡ ADENTROOO! a veces si estábamos muy entretenidos, pedíamos por diez minutos mas aun sabiendo que al otro dia nos volveríamos a juntar, pero cuando la diversión es tanta ningún tiempo es suficiente. Lxs amigxs del barrio te daban la certeza de siempre estar, no contábamos con celulares para coordinar, se sabia que poco a poco todxs terminaríamos en el metogol jugando gol sale, aprendiendo todas las técnicas para permanecer, la vuelta para volver a entrar era eterna, así que había que perfeccionarse en jugar sin molinete y no hacer gol del medio ya que era motivo de descalificacion, si tenias la habilidad de aprender a hacer gol de pavota tenias la tarde bastante asegurada y si llegabas a meter gol de arquero ibas a ser venerado cual Dios.
Las noches de navidad eran las mas esperadas, nos quedábamos hasta bien entrado el sol paseando de una esquina a otra, el único que no podía disfrutar esa noche era el teléfono publico de la puerta de casa, sufría los mayores flagelos cada noche buena, si el veinticinco de diciembre no amanecía con el teléfono en ruinas es que la navidad por allí no había pasado. Otra de las cosas que anunciaba que el veinticuatro de diciembre había llegado eran las bombas de estruendo de la casa de la palmera que arrancaban antes que el sol caiga anunciando que la gran noche estaba pronta, y en algún punto era el anuncio del inicio del verano.
El verano pasaba rápido, entre fiestas, bicicletas y pelotas que se pinchaban. Cuando el invierno llegaba el barrio era un lugar desolado los días de semana, pero los viernes por la tarde nos volvía a encontrar a todxs en la esquina de la casa del cantero en la que ningunx de nosotrxs vivía pero todxs parábamos, hasta que un día la enrejaron desde allí pululamos de un lugar a otro, el preferido por excelencia era el portón de la casa de la palmera, pero a veces nos echaban a escobazos lo cual no impedía que volviésemos al día siguiente.
Los veranos transcurrían y allí estábamos nosotrxs sintiendo que todo seria eterno, y el sol nunca se apagaría, pero hubo verano que el metegol no encontró con quien jugar, los años habían pasado, la vida había cambiado y a la mayoría de nosotrxs no nos unía mas que la ubicación geográfica, quienes teníamos mayor afinidad empezamos a visitar otros barrios, pero las calles que nos vieron crecer se encontraron vacías sin nadie que ocupe el espacio que habíamos dejado. No recuerdo cuando fue la ultima vez que todxs estuvimos juntxs, es curioso en general recordamos las primeras veces pero pocas las ultimas, creo que nunca pensamos al hacer algo que esa será la ultima vez.
Ya muchxs no somos amigxs, pero de alguna forma siempre volvemos a patear las mismas calles y si ellas nos cruzan una sonrisa nos regalamos, no importa que nos vayamos, siempre se vuelve al barrio aunque sea de paso. Lo paradójico del Triangulo, ese lugar que a nadie le pertenece nos dio a nosotrxs sentido de pertenencia, nuestra casa era mucho mas que las cuatro paredes que habitábamos.
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