Envase

 Aquella mañana el sol ya calentaba el asfalto cuando llego a su hogar,  estaba aturdido, desesperado, entregado al sufrimiento,  ojeroso y mal oliente. Prendió un cigarrillo, bajo las persianas  porque aun necesitaba de la noche, se sentó delante del televisor apagado y lo contemplo en silencio, pero sus pensamientos podían oírse del otro lado de las paredes de concreto, eran tan fuertes que hacían vibrar los vidrios de toda la casa. Estaba envidiando ese aparato, su superficialidad, su estado vacío, su falta de ser, su envoltura de plástico, su contenido abundante y absurdo, su felicidad ignorante. ¡Sí! Lo envidiaba, necesitaba ser un aparato y no ese Ser que viaja del obscuro al claro sin parada, que deja que una imagen lo torture sin límites y ahonde en lo más profundo de su podrido cerebro.

Si, así es, ser un televisor lo que más anhelaba en ese momento. Ella precisamente lo había abandonado por su facultad de pensar, por los libros que ocupaban su casa, si ella lo había cambiado por ese intento de humano artificial y vacío, de que habían valido sus años de meditación, de debates, de todo aquello que lo hiciera ver mas allá, si a fin de cuentas  solo querían eso, un plástico brillante sin luz propia.
Empezó anochecer y él aun estaba ahí, inmóvil sentado frente a la tv sin imagen con sus pensamientos gritándole a su lóbulo frontal, tomó valor y con todas sus fuerzas metió su frente en el cristal del artefacto. Así  lo encontró ella la mañana siguiente, marchito con la cabeza dentro del televisor  y la sangre derramada sobre sus libros.

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